París, Francia. Diciembre. Son
las cinco de la tarde y me hallo sentado en la terraza de un bar. Este está
repleto de gente, sin embargo, la terraza está completamente vacía. Solo estoy
yo. Supongo que un factor de que sea así, es que está lloviendo. Además, hay un
poco de viento un tanto frío y desgarrador. Probablemente penséis que es un
tiempo horroroso y que estoy loco por estar aquí sentado. Pero os equivocáis.
Amo este temporal. Pararos a pensar y decirme: ¿De verdad no creéis que es
hermoso? Es incluso erótico. El aire rozando tus mejillas, poco a poco deslizándose
por todo tu cuerpo…Provocando que tu piel se erice, que tus músculos se tensen
y haciendo que tus entrañas se retuerzan sensualmente de frescor y placer. Provocándote,
tentándote a que te tapes con el abrigo, y entonces esa sensación de calor, igual
o incluso más placentera que el frío. En ese momento tu cuerpo se enciende y,
comienza a relajarse poco a poco y a saborear la calidez. A saborear lo que el
frío te ha regalado.
Es por esto que adoro el frío. Me
casaría con él si pudiese. Iríamos cogidos de la mano, al igual que esas
parejas con cara de tontos que veo pasar cada día por aquí. Y pensaréis: ‘Claro,
será que tu verás muchas parejas de enamorados’. Y os aseguro que es así. Cada
día. Pasan sonriendo sea la hora que sea, hablando de sus cosas, cogiditos de
la mano y de vez en cuando se les escapa alguna pequeña carcajada que intentan
disimular con un beso. Les observo día a día. Y es que es mi pasatiempo; pero
no solo parejas. Cuándo salgo del trabajo me dedico a observar a las personas.
Bien es cierto, que siempre observo a las mismas. Cada día, vengo a este mismo
bar y me siento. Pido un café, tal y como lo he hecho ahora, y me enciendo un
cigarro. Y es entonces cuando el juego empieza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario