No te esfuerces en buscar a tu hombre perfecto. Si lo
encontrases, ¿que gracia tendría estar con él? No habría fallos, no habría
peleas, no habría reconciliaciones, no habría aventuras ni habría que
arriesgarse, no habría errores de los que más adelante te reirías. No habría momentos
de risa por alguna tontería o estupidez que hubiera hecho o dicho, porque,
después de todo, es perfecto. No habría nada. No sería divertido y, al fin y al
cabo, no habría amor. Todo sería simplemente, la aventura perfecta jamás
escrita; jamás soñada.
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