Abre los ojos. Todo parece
difuminado. Es como si las paredes hubiesen sido pintadas con acuarelas y se
hubiesen decolorado utilizando salfumán. Cada paso que da es un mundo para él.
Todas están igual, sin embargo, las tres puertas están cerradas con llave y
cada una tiene una apariencia distinta. Arriba de estas, hay un letrero con
algo similar a un nombre, pero no parecen nombres de personas…
Encuentra un espejo y decide
mirarse. Tiene un aspecto extraño; parece un dibujo realizado con alguna
técnica formada por rallajos, líneas abstractas y pinceladas que parecen
imprecisas aunque en realidad son perfectamente exactas. Y sus ojos, son como
dos agujeros negros que nunca acaban.
No entiende nada, ¿Qué pasa?
¿Dónde está? ¿Es un sueño?
Se acerca a la mesa y ve una
llave. ‘Será de alguna de las puertas’, piensa. La coge y observa que el mango
de esta, tiene forma de giratiempo, un famoso objeto mágico, similar a un reloj
de arena, que te permite volver atrás en el tiempo según las vueltas que le
des. ‘Curioso, muy curioso’, se dice a si mismo mientras llave en mano vuelve a
las tres puertas. Se queda observándolas y cuando se fija, se da cuenta de que
en cada cerradura hay un dibujo distinto y uno de ellos coincide con el del
giratiempo de la llave. Pese a su confusión, está muy claro. Debe entrar.
En cuánto introduce la llave en
su cerradura, esta gira sola y la puerta se abre de par en par. No lo tiene muy
claro, pero entra en la habitación y cierra la puerta. Está todo oscuro, no ve
nada y a los pocos segundos nota la sensación de que la gravedad se ha
desvanecido. Puede flotar, nadar…sin caerse. Y es entonces cuándo empieza a
notar como algo invisible, alguna fuerza extraña, lo absorbe. Tiene miedo, pero
se deja llevar.
De repente se encuentra en su
casa, es de día y hay un niño pequeño y rubio, de ojos marrones jugando con un
juguete que le resulta familiar y no sabe por qué. Pero cuándo se fija se da
cuenta de que ese niño es él cuando era pequeño. Al principio le parece imposible,
pero cambia de opinión en cuanto aparece su madre por la puerta de la cocina
que da al comedor y lo coge en brazos. ‘Que joven está, y que guapa’, piensa. En
ese momento, como si de un cine se tratase, aparece una pantalla enorme y una
silla. Se sienta y mira intrigado. Y comienza una proyección de toda su
infancia, desde su nacimiento hasta los 10 años más o menos. Proyección en la
que podía ver lo felices que eran sus padres y su familia con él de pequeño. El
amor y cariño que le tenían. Y recuerda cuándo sin motivo aparente, llegaba a
casa del colegio y le daba un beso a su madre. Podría ser simplemente un beso
pero para ellos dos lo significaba todo. Significa el amor madre-hijo que
tenían. Que ella siempre sería su ‘mamá’ y siempre la iba a querer. Recuerda
cómo jugaba de pequeño con todos sus tíos, esas comidas familiares y cumpleaños
con sus primos. Y mirándose ahora, no se reconoce.
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